Tras el reciente traspaso de Harden a Brooklyn, y un nuevo aniversario de la llegada de Wilt Chamberlain a Philadelphia, repasamos la historia de los super-equipos.

 

Wilt Chamberlain en acción con Philadelphia.

 

Pensando el término

 

Cuando se forma un super-equipo, las pasiones de los fanáticos se exaltan. Por un lado, crece la ansiedad de poder ver, no sólo a un posible campeón, sino a un equipo capaz de entrar en la historia grande de la liga. Por el otro, crece el odio hacia el nuevo favorito, la bronca de quienes ven partir a su jugador franquicia a pastos más verdes y el rencor de quienes abogan por una paridad competitiva.

Pero analizando el término, este encierra mayor complejidad de lo que parece. Un super-equipo no lo es tanto por los resultados que logra, sino por la forma en que se ensambla.

Tomemos de ejemplo a Golden State. Cuando ganó el anillo en 2015 y al año siguiente rompió el récord de victorias en temporada regular, la prensa y los fanáticos neutrales se quedaron sin adjetivos para elogiarlo.

Los Warriors culminaron la revolución que iniciaron los Suns. Lograron 140 victorias en dos temporadas, jugaron un estilo vistoso y, encima, se habían construido a base de elecciones (tardías, incluso) de Draft (y paciencia). Pero nadie los llamó super-equipo. Apenas sumaron a Kevin Durant la temporada siguiente, sí.

En contraste, equipos que estuvieron muy lejos de quedar en la memoria por su juego o sus logros, como los Lakers de 2010, sí fueron llamados así. También equipos que cumplieron las expectativas, pero incluso antes de pisar la cancha, fueron adjetivados de esta manera (como los infames Heat de 2010).

Y ahora, con la llegada de Harden a Brooklyn, los Nets pasaron de estar entre los candidatos (y otra “dupla en una época de paridad”) a ser los claros favoritos del Este, un Big Three ofensivo potencialmente histórico y, en consecuencia, los nuevos “villanos” de la liga.

 

Revisando la historia de la NBA, podríamos aventurar cuatro criterios para definir a un super-equipo:

  1. Tener un tridente de estrellas, dos de ellas seleccionadas/candidatas al Salón de la Fama o al menos tener múltiples selecciones All-NBA o al Juego de las Estrellas.
  2. Que la principal estrella, o dos de ellas, lleguen al equipo vía agencia libre o traspaso.
  3. Esas estrellas tienen que estar en la plenitud de sus carreras (ni demasiado jóvenes, ni demasiado viejas).
  4. La denominación de super-equipo debe nacer antes de jugar su primer partido, ya que se otorga por potencial y no por producción.

 

Estos criterios son más exclusivos que inclusivos. Abdul-Jabbar, uno de los mejores de la historia, nunca conformó un super-equipo: en los Bucks no había una tercer estrella, y en los Lakers Magic llegó vía Draft. Tampoco Michael Jordan, ya que Scottie Pippen fue traspasado pero siendo apenas un novato, no un jugador consolidado.

Ni siquiera califica, al estar armado vía Draft, un equipo con múltiples anillos y años de dominio, como fue el San Antonio de Popovich. Mucho menos los desvergonzados intentos de forzar narrativas, como los “Super Nets” de 2013. Tras un traspaso históricamente malo, juntaron a Pierce y Garnett que sumaban… 72 años de edad. Al menos nos regalaron, meses después de su esperada derrota en playoffs, un trapaso incluso más bizarro que el anterior.

Con todo esto, está claro que no ha habido tantos super-equipos en la historia, pero eso no quiere decir que existan desde hace poco.

 

LeBron, jugador y GM

 

Cuando LeBron James decidió unirse a Miami Heat en la infame “Decisión” de 2010, comenzó una nueva era en la liga. “El Rey” no sólo revolucionó el juego con su combinación de velocidad, fuerza y técnica y su capacidad de jugar como point-forward, también cambió las reglas de juego fuera de la cancha. Jugadores de enorme talento han desperdiciado sus mejores años en equipos mediocres o de mala gestión. Desde 2010, LeBron ha impedido que esto le suceda.

Primero se unió a Wade y Bosh y aprendió de Pat Riley. Luego volvió a Cleveland, que ya tenía a Kyrie Irving, y presionó para que consiguieran a Kevin Love (incluso firmó una carta, anunciando su regreso, donde mencionó a varios compañeros y omitió a aquellos que luego fueron traspasados). Siempre firmó contratos cortos con opciones de jugador, cómo diciendole a la gerencia: “O arman equipos para campeonar, o me voy”. Cuando el roster tocó su techo, se marchó a los Lakers y presionó, nuevamente, para conseguir a Anthony Davis. Recién ahora firmó a largo plazo, puediendo caminar hacia el ocaso de su carrera junto a uno de los mejores de la liga (y que tiene apenas 27).

Todo esto precipitó una nueva era de empoderamiento de los jugadores, donde parece que los equipos ya no contratan estrellas, sino que las estrellas contratan equipos. Que anunciara su marcha a través de una transmisión en vivo, fue un signo de los tiempos, de la cobertura 24/7 a las que nos tienen acostumbrados los medios de hoy en día. Que arreglara junto a Bosh y Wade la unión de fuerzas en plena agencia libre, cambió el modus operandi de las estrellas. Pero no originó a los super-equipos.

 

El verdadero origen de los super-equipos

 

La agencia libre no siempre fue como la conocemos ahora. De hecho, hasta 1977, ni siquiera existía. El “culpable” de su creación fue el legendario Oscar Robertson y el juicio que le realizó a la liga. Hasta entonces, los jugadores estaban atados al mismo equipo, a veces durante toda su carrera, a menos que fuesen traspasados. El control de los dirigentes era total. 43 años después, pareciera que los jugadores tienen el control total, pero esa es otra historia.

Doce años antes, en el medio de la temporada 1964-65, también ocurrió un hecho bisagra en la historia de la NBA. El dueño de los Warriors, Franklin Mieuli, decidió que había tenido suficiente del errático comportamiento de su super-estrella y la traspasó a Philadelphia. ¿Cuál estrella? Wilt Chamberlain, el legendario pívot de 2,16 metros.

Wilt no era una estrella más, era la estrella de la NBA. Algunos podrán sostener que ni siquiera fue el mejor de su época (y proponen a Bill Russel), pero su impacto fue arrollador. Antes de poner un pie en el parqué, ya tenía el mejor sueldo de la liga. Como novato, estuvo a la altura del hype: Rookie del Año y MVP. Rompió todos los récords, y la mayoría aún hoy se mantienen. Su dominio fue tal, que muchos de sus récords se continúan de… otros récords suyos. Por ejemplo: de las 77 ocasiones en que un jugador ha anotado 60 o más puntos en toda la historia, 32 corresponden a Chamberlain. De las diez mejores marcas, Wilt ocupa los lugares 1°, 3°, 5°, 6° y 7°.

 

Wilt empequeñeciendo a todos los demás.

 

A la hora de negociar contratos, los jugadores no tenían las herramientas de hoy en día. Pero Wilt tenía su enorme influencia marketinera fuera de la cancha (un jugador capaz de llenar estadios como ninguno), y dentro de la cancha, era literalmente inmarcable. No tenía agente y siempre firmaba contratos cortos (¿suena familiar?). En los Warriors lograba todos los años el título de anotación y récords en rebotes que hoy suenan de leyenda (su marca personal: 55 en un sólo partido). Pero no logró un sólo anillo.

En los 76ers, en cambio, lanzó menos de campo pero logró récords de efectividad y hasta lideró la liga en asistencias, el primer y único pívot en hacerlo. El éxito tampoco le fue esquivo: récord de victorias en temporada regular hasta entonces, y el anillo en 1967. Wilt pareció haber encontrado su lugar. Hasta que dejó de serlo, apenas dos años después.

Chamberlain le propuso a Jack Ramsay, el GM de aquel entonces, ser jugador/técnico. Ramsay le pidió una semana para pensarlo, mientras Wilt estaba de viaje en la Costa Oeste. Cuando volvió, Ramsay estaba listo para concederle el deseo. Pero Wilt, embelesado con los atractivos de Los Angeles, pidió el traspaso. Incluso amenazó con marcharse a la ABA, la liga que por aquel entonces competía con la NBA, si no se cumplía su deseo.

Su marcha a los Lakers amenazó el balance de la liga. Estaba cercano al declive, pero todavía era la estrella. Y en el vestuario lo esperaban nada menos que Elgin Baylor, perenne candidato al MVP, y Jerry West, actual logo de la liga. Automáticamente, los Lakers eran los favoritos. Tres estrellas, el drama detrás del traspaso, las brillantes luces de Los Angeles…

En cinco años juntos, Baylor tuvo demasiadas lesiones, Wilt varios encontronazos con los técnicos (una temporada lesionado incluida), y los Lakers obtuvieron “sólo” un anillo en cuatro viajes a las Finales. No lograron convertirse en una dinastía, pero marcaron la historia de la liga de otra manera: siendo el primer super-equipo.